Sobre la profanación del memorial a los Ángeles de Guayacán, los niños asesinados por la dictadura.

¿Cuánto vale la vida de un niño para un fanático? ¿Puede un niño ser culpable de cualquier cosa, a los ojos de un extremista? Esas preguntas ya las contestó la dictadura el 24 de diciembre de 1973, cuando una patrulla militar asesinó a Rodrigo Palma Moraga y Jimmy Christie Bossy, de 8 y 9 años de edad respectivamente, en la población de Guayacán, Coquimbo. Durante décadas, las familias de esos niños, que a golpes y balazos vieron interrumpidos sus juegos por la bota fascista, no recibieron más justicia que un memorial de piedra donde el nombre del alcalde aparece escrito en letras más grandes que las de las mismas víctimas.

Hoy, cuando a la luz de los eventos políticos de las últimas semanas, parece más evidente que nunca que las prácticas dictatoriales jamás se acabaron, reviven también los viejos fantasmas del terror con el que los defensores del status quo amenazan siempre ante lo inevitable de los cambios sociales. Arañas negras, acaso fanáticos chupafusiles alucinados en su diatriba reaccionaria. Cobardes o ignorantes, creyendo que la memoria de un pueblo puede cubrirse con spray. ¿Cómo podría entenderse que rayar el memorial de niños asesinados es un acto políticamente válido? ¿Qué visión distorsionada de la realidad sostiene tales análisis? ¿Cuál podría ser el perfil de esos “valientes soldados”? ¿Se declararán como pro-vida? ¿Creyentes acérrimos, chovinistas jaleros? ¿Negacionistas de la historia de la infamia, relativistas de la tortura y el asesinato? ¿Acarician los cabellos de algún niño cuando llegan a sus hogares? ¿Diferencian entre niños culpables e inocentes en su imbecilidad falaz?

La memoria vive fuera de las piedras en las que se manifiesta. La memoria popular también revive, desborda el tedio del presente y exige transformarlo todo. Rodrigo y Jimmy existen en las sonrisas de todos los niños que juegan en las calles. Esas mismas calles donde sus padres marchan para forjar otro Chile para ellos. Y esa esperanza, ese anhelo de un futuro mejor que nace de las sonrisas de nuestros hijos, es más fuerte que el miedo, que la infamia, que un rayado cobarde que será borrado como todo el sistema opresivo que pretende defender.


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