Yo amé a un hombre haitiano

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Imagen: Genaro Morales Rives

A continuación un testimonio en primera persona que da cuenta de la realidad que muchos haitianos deben enfrentar a diario para poder sobrevivir en nuestro país y como ello no sólo los afecta a nivel económico, sino también a nivel personal.

 

Yo amé por más de cuatro años a un hombre haitiano. Me es extraño tener que destacar la nacionalidad de una de las personas que he amado en mi vida por sobre cualquier otra característica. Pero dada toda la manifestación de “opiniones” contra la migración haitiana en Chile, creo necesaria contar nuestra historia.

Conocí a D. (me guardo su nombre, pues no quiero exponerlo), cuando él recién llevaba un par de meses en el país. Nos conocimos en el barrio Bellavista, y pese a que él aún no aprendía nada de español, y yo no sabía nada de kreyol o francés nos comunicamos en un inglés balbuceado y nos gustamos. Días después, empecé a ir después del trabajo a su casa para ayudarlo a aprender español.

Llegó a Chile gracias a su hermano mayor. Éste último estaba terminando Derecho en Puerto Príncipe, pero quería buscar un lugar que le ofreciera mejores oportunidades para él y para ayudar a su familia. Alguien en su país les había vendido la historia de que en Chile podían estudiar gratis y les cobró una cantidad exorbitante de dinero para llevarlos a Chile y que pudieran estudiar. Su familia, incluyendo a los tíos y primos que habían migrado a Estados Unidos, con mucho esfuerzo reunieron el dinero para pagar esto. En muchas partes del mundo, la migración es una inversión familiar, pues en ella se juega el bienestar del conjunto.

De alguna forma, lograron que una chilena les arrendara una pieza, donde dormían los 9. La chilena, que era una mujer de casi 60 años, acosaba sexualmente a los chicos, y les pedía que tuvieran sexo con ella para pagarle el cuarto.

Tristemente, todo era una farsa, y el hermano mayor de D y su primo, junto a otros 7 haitianos, al llegar a Chile, fueron abandonados en la Plaza de Armas, sin saber ni una palabra en español, y sin tener casi nada de dinero. De alguna forma, lograron que una chilena les arrendara una pieza, donde dormían los 9. La chilena, que era una mujer de casi 60 años, acosaba sexualmente a los chicos, y les pedía que tuvieran sexo con ella para pagarle el cuarto. Por supuesto, la familia nunca supo de esta situación. Los migrantes tienden a guardarse estas cosas para sí, para no preocupar a nadie.

Cinco años después, cuando el hermano mayor ya había superado esa situación y se encontraba más establecido, la familia planificó que D migrara a Chile. No era lo que él personalmente quería, pues había planificado estudiar Ingeniería Mecánica en Puerto Príncipe, pero la presión familiar fue mayor y terminó llegando a Chile a principios del 2012.

Su primer trabajo fue de copero en un local Mamut en Providencia. D. entró a Chile como turista y sus empleadores nunca le quisieron hacer el contrato que necesitaba para solicitar la Visa, y después de pasar por muchos trabajos, terminó teniendo un contrato con un amigo cercano por un trabajo en otra ciudad, sólo con los fines de la visa, y trabajando sin contrato en Santiago. Quizá la mayoría de los chilenos no sabe que para tener una visa sujeta a contrato, el contrato tiene que tener unas cláusulas especiales que dicen que tu empleador pagará tu pasaje de regreso en caso de q el contrato se rompa. Nadie quiere hacer un contrato así. Obvio. La ley está hecha para desincentivar la migración (o al menos la migración legal).

Quizá la mayoría de los chilenos no sabe que para tener una visa sujeta a contrato, el contrato tiene que tener unas cláusulas especiales que dicen que tu empleador pagará tu pasaje de regreso en caso de q el contrato se rompa. Nadie quiere hacer un contrato así.

Después de un tiempo, D. empezó a pensar en la idea de hacer un negocio independiente, y en eso D. conoció a un peruano, que llevaba más de 10 años en Chile y se asoció con él para vender sushi en su restaurant peruano Él había llegado y empezado a trabajar ilegal, y muchos años se dedicó a lavar autos en la calle y mandarle plata a su familia en el Perú. Con esfuerzo y sacrificio, logró de apoco, traer a su familia, y con su esposa, lograron abrir su local en Recoleta. Al principio iba todo muy bien. Pero en algún momento ellos se pelearon y se separaron. Y D. sólo recuperó lo que había invertido, pero el peruano se quedó con el negocio. El nombre y el logo lo habíamos inventado nosotros. Pero él seguiría intentando trabajar independiente, con éxito muy temporal, lo cual lo llenaba de frustración.

A esto se sumaba toda la violencia que recibía por el sólo hecho de ser haitiano. Yo fui testigo de muchos episodios, desde los comentarios hirientes, gratuitos, que la gente le decía al verlo pasar por la calle, hasta botellas o latas que le tiraban en la micro sólo por estar ahí.  Supe también de cosas terribles que les habían sucedido a otros haitianos, como uno que fue quemado por un chileno con agua hirviendo, sólo por estar sentado en una plaza. Por su parte, D. experimentó numerosas situaciones de acoso sexual por parte de mujeres y hombres chilenos. En las discos gente se acercaba a tocar sus genitales sin siquiera hablarle o conocerlo y las ofertas de dinero por sexo eran pan de cada día, aprovechándose de su necesidad de trabajar. Una vez se nos ocurrió poner un aviso en yapo, y lo único que llegaron fueron preguntas sobre cuánto cobraba por tener sexo o insultos.

. En las discos gente se acercaba a tocar sus genitales sin siquiera hablarle o conocerlo y las ofertas de dinero por sexo eran pan de cada día, aprovechándose de su necesidad de trabajar.

Obviamente, hay chicos haitianos que disfrutan y buscan estas situaciones, algunos después se aburren, otros no. D. me decía, que hasta el haitiano que nadie pescaba en Haití, acá puede ligar con muchas mujeres en una disco, sólo por el hecho de ser negro. En general, los jóvenes haitianos reaccionan peor cuando el acoso es de parte de un hombre, de parte de una mujer, muchas veces es interpretado positivamente “soy deseado”, pero al ser un hombre, se veía como una afrenta. Hay que considerar que en Haití la homosexualidad es muy mal vista, en parte por lo difundidas de las ideas evangélicas bautistas y el machismo.

Y yo creo que la peor de las situaciones, fue una vez que unos tipos lo empezaron a acosar sexualmente en la calle, y como él no les hacía caso, ellos empezaron a insultarlo. Luego de todas las situaciones narradas anteriormente y muchas otras la paciencia de D. no era mucha y luego de agarrarse a combos con los agresores terminaron arrestándolo a él. A mí esas situaciones me daban mucho miedo, porque me daba miedo que le hicieran algo, que lo hirieran o que lo mataran.

Por otro lado, a muchas de mis amistades nunca les interesó mucho acercársele, hablar, acogerlo, como sí lo hacían con extranjeros europeos. A veces me molestaba con él por no ser tan sociable con mis amigos. Pero debería haber sido al revés. ¿Dónde está nuestra hospitalidad?

Nuestra relación se fue desgastando, yo creo que en parte por todas estas cosas. Yo también me cansaba de sus bajones anímicos, de sus reacciones impulsivas, del estrés que me generaban todas estas situaciones. Intenté apoyarlo lo más que pude, pero alcancé un límite y en un momento ya no pude más.

Ahora, que yo también soy migrante en Alemania, que trabajo de nana sin contrato, que echo de menos a mi familia y amigos, que no logro aprender el idioma de este país, que me cuesta hacer amigos, que cada vez que tenía una entrevista de trabajo me decían “no hablas suficiente alemán”; recién puedo ver, que, pese a toda mi intención de comprenderlo, no lo había logrado del todo. Aun así, siento que no tengo derecho a quejarme, porque yo tengo una situación mucho más privilegiada que otros migrantes, incluso que otros migrantes aquí en Alemania.

Ahora, que yo también soy migrante en Alemania, que trabajo de nana sin contrato, que echo de menos a mi familia y amigos, que no logro aprender el idioma de este país, que me cuesta hacer amigos, que cada vez que tenía una entrevista de trabajo me decían “no hablas suficiente alemán”; recién puedo ver, que, pese a toda mi intención de comprenderlo, no lo había logrado del todo.

Migrar es una decisión, que nace ante necesidades o sueños. Es una apuesta, pero creo que nuestra imaginación limitada no permite ni siquiera imaginarnos lo que nos espera. Nuestra imaginación limitada también nos dificulta ponernos en el lugar de otros, y está bien, entiendo que la gente de mi país no entienda lo que vive un inmigrante, pero, por favor, no hagamos las cosas más difíciles, no le hagamos a otro lo que no quisiéramos que nos hicieran a nosotros o a nuestros familiares que han migrado a otro lugar. ¿O tú me dirías a mí u otro chileno, nos atacara un Nazi, nosotros nos lo buscamos por venirnos aquí? Espero sinceramente que no.

Atte. una chilena en Alemania

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