Siete lucas, setenta veces siete razones para quemarlo todo

El otro día revisando mi cuenta bancaria para calcular cómo llegar a fin de mes, me percaté del depósito de siete mil pesos exactos. Las famosas lucas del confort. Me zambullí a las redes sociales para alumbrar tamaño golpe de paupérrima suerte, y en pocos minutos pude identificar un patrón de ofrecimientos y peticiones, desde la rifa para pagar un tratamiento de cáncer hasta varias ONG mendigando donaciones, pasando por parlamentarios tratando de convencernos de aportar a sus causas, e incluso un grupo de diputados RN opinando que debiéramos no cobrar las milagrosas siete lucas para que esos fondo mejoraran el pilar solidario de pensiones.

Entenderán algunas mi creciente ira mientras avanzaba por ese campo virtual de manos estiradas, aduciendo caridad, deber social o desprendimiento. Algo me calmó el comprobar que se hablaba de compensación del confort en lugar de otro eufemismo más tibio pero ¿Están nuestras memorias lo suficientemente frescas como para recordar el origen de esta compensación?

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Luego de múltiples peripecias judiciales, la Fiscalía Nacional Económica logró obtener condena contra el cartel conformado por CMPC con SCA (exPISA) en el mercado del papel tissue, que por más de una década se coludió para aumentar precios y cuyas ganancias se estima que fueron cercanas a los 448 millones de dólares. Como modo de compensación a los consumidores que por diez años compraron papel higiénico con sobreprecio, el cartel del confort se comprometió a pagar siete mil pesos a todos los mayores de 18 años residentes en Chile, lo que arrojaría un total de casi 13 millones de beneficiarios.

¿Por qué siete y no seis o diez o veinte lucas? ¿Qué cálculo de gastos del chileno promedio hicieron los magnates del mismo papel que nos provee de cierta dignidad en el baño? Por cierto que el 7 es un número interesante, asociado a la noción de perfección en la simbología católica (nice pun there, crimenperfectistas). Setenta veces siete le dijo Jesús a Pedro sobre la cantidad de veces que debemos perdonar a quienes pecan contra nosotros; ¿Habremos comprado suficiente confort en diez años para superar esa cantidad de oportunidades de perdón? ¿Habrá arrepentimiento de parte de los mafiosos del confort, habrá una conciencia del mal causado, un cambio de mentalidad general del empresariado nacional, relativo a dejar de llevar negocios escandalosamente abusivos? El resto de esa parábola, para quienes prestaron atención en las misas dominicales, nos habla sobre el castigo de quienes son perdonados y a su vez no perdonan: El hombre malvado es entregado a los verdugos, la ausencia de empatía en sus actos se vuelve su perdición. ¿En serio siete lucas vale nuestro perdón, la elección social (traducida en frágiles leyes) de no llevar a estos sinvergüenzas a prisión? Perdonados una vez por un Estado que cree más en el juego económico antes que en los derechos sociales ¿Qué pasará si vuelven a pecar, si los inescrupulosos consideran que el castigo bien valen las ganancias millonarias?

Confort es precisamente de lo que adolecemos. Resignados a los castigos irrisorios que reciben “los más vivos” del neoliberalismo, nos acomodamos en la sensación de que las cosas no cambian, no cambiarán. Siete lucas es mejor que nada, lo demás es puro ser comunista de esos que protestan por todo. Ojalá pillaran a más carteles, ojalá hubiera compensaciones ratonas más seguido. Nos lo dicen las manos estiradas que piden nuestras siete lucas fortuitas, como si la hubiéramos ganado por pura casualidad, una tarjetita de la suerte en este Monopoly frenético que es Chile. Nos lo dijeron las filas de adultos mayores en el banco los primeros días del pago, preguntando por esos pocos pesos como si fuera un bono social para capear lo violenta que es la necesidad en el país de los carteles económicos multimillonarios. Confort es lo que nos detiene de dejar la cagada con todo esto, confort es la ironía y desesperanza aprendida de nosotros que nunca recibimos explicaciones suficientes de por qué los ricos, por qué los ricos, por qué los ricos.

Hagan lo que quieran con sus lucas. Dense algún gustito que alcance, dónenla a la causa que más les guste, paguen los intereses de alguna deuda, compren un par de fierros para hacer mierda el auto de algún director ejecutivo que ni se arrugue cuando le pregunten ¿Usted estaba ahí cuando decidieron coludirse con los precios? Hagan lo que quieran con esa platita, pero no se olviden de dónde salió, no se olviden que es el castigo simbólico de unos delincuentes de alto nivel, no se olviden de estas cosas cuando algún parlamentario les diga que no cobren la plata, en circunstancias que es precisamente el pésimo trabajo legislativo, la flexible legislación antimonopolio agujereada por el lobby empresarial lo que permite la comisión de estos pecados contra nosotros.

Stella Caffarena

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