Si no puedo bailar, no es mi revolución: Raffaella Carrá

Me pasó en espacios culturales, espacios liberados, espacios okupados. Me pasó desde chica en asambleas, tomas y jornadas de movilización. Me pasó más de una vez, con diferentes personas, lo que me permitió perdonarme y entender que el problema no era sólo mío. Una misma escena: yo, con ganas de mover el cuerpo, subiéndole el volumen a una canción pegajosa que estimulara las masas ansiosas de agitación social, y algún compañero, su mirada de reprobación, una frase parecida a “esto es serio, compañera” y el cambio de canción, vuelta al rap-consciente, al punk calleja, al silvio y las zampoñas de nuevo.

Para estrenar esta nueva sección de “Si no puedo bailar, no es mi revolución”, nombre acuñado gracias a la compañera Goldman, disfrutaremos de una joya musical por parte de nuestra partisana favorita, Raffaella Carrá, y su himno a la liberación sexual: “Hay que venir al sur”.

Con un ritmo que llama al movimiento y su erotización progresiva, Raffaella comienza planteándonos un escenario donde se resignifica el carpe diem “por si acaso se acabe el mundo/ todo el tiempo he de aprovechar“, para luego hablarnos desde sus propios hallazgos en el ejercicio de su autonomía sexual “y me he dado cuenta de que/ donde no hay odio ni guerra/ el amor se convierte en rey“. ¿Podría ser esa utopía de un mundo regido por el amor, un lugar donde la propiedad y la competencia que genera ésta, no existan? ¿Es la expresión “he llegado a la conclusión/ que perdida la inocencia/ en el sur se pasa mejor” un guiño al potencial de revolución y resistencia que albergaban las regiones del sur del globo terráqueo en los setenta?

Raffaella nos interpela en el coro, sin metáforas o eufemismos, declarando que para hacer bien el amor, hay que venir al sur. Reivindica de esta manera el derecho al goce, alejándose de la visión tortuosa de la sexualidad que durante siglos ha impuesto la religión católica en las sociedades occidentales. La compañera Carrá resume en pocas frases del coro las bases reflexivas sobre el amor libre: nos dice que nos entreguemos totalmente al amor “para hacer bien el amor/ iré donde estás tú“, que no neguemos nuestro placer “sin amantes/ esta vida es infernal“, recalca lo elemental del consentimiento informado “lo importante es que lo hagas/ con quien quieras tú” y llama a reforzar nuestro amor propio por sobre los celos o la noción de propiedad sobre un otro “y si te deja no lo pienses más/ búscate otro más bueno/ vúélvete a enamorar“.

Así, entre pausas dramáticas en medio del baile e interludios instrumentales al más puro estilo Santa Esmeralda, la camarada Raffaella nos propone abanderarnos por el amor, pero por una visión del amor revolucionaria, deseante y transformadora, que desafíe prejuicios y estándares de comportamiento “cuantas veces la inconsciencia/ rompe con la vulgaridad“, y que se reconoce como móvil subyacente en todo deseo político revolucionario con miras a la justicia social “venceremos resistencias/ para amarnos cada vez más“.

¿Dónde queda ese sur al que invita Raffaella? ¿Era el sur físico del mundo, plagado de dictaduras y colonias buscando emanciparse en la década del 70, cuando se lanzó este manifiesto de la libertad sexual? ¿Era un sur corporal, una metáfora que acusara la racionalización censuradora del sexo en detrimento de una experiencia honesta y animal libre de tabúes? ¿Es un sur simbólico, una invitación al descubrimiento de nuevos horizontes en nuestra concepción de la sexualidad y el amor, a escapar del molde eurocentrista, capitalista y reaccionario que permea nuestra educación socioafectiva?

Sea donde sea que encontremos ese sur del que habla Raffaella, siempre estaremos agradecidas del aporte a la batalla cultural que ha dado con este himno, permitiéndonos agitar nuestros cuerpos sin culpa, entregándonos por entero a la pasión de la transformación social, y si es el caso, volver a enamorarnos con la misma pasión liberadora, cuantas veces sea necesario.

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