Primero vinieron por los mapuches

El nombre de Camilo Catrillanca y las fotos de su rostro inundan las plataformas donde me informo. Yo, que mirándome al espejo bien podría pasar por una pastora aymara urbanizada, poco me identifico con un pueblo que vive al interior de los bosques sureños. Soy franca, el extremo más sur que conozco es Santiago. Y sin embargo, de pura sapa me asaltan las preguntas: ¿Por qué asesinar a Catrillanca?

Por mucho que aborrezca al criminal Andrés Chadwick, me cuesta creer que se levanta pensando en matar mapuches. Tampoco es una práctica que haya iniciado él: ¿No fue nombrada la mami Bachelet como Alta Comisionada de Derechos Humanos de la ONU? Reviso las redes y no leo ninguna declaración de su parte; ese tejado no es de vidrio, es de alusa plast. Si no es un macabro hobbie exclusivo de la derecha fascista asesinar indígenas, podría afirmarse que es una política -tácita y siempre negada- de Estado. ¿Y qué gana el Estado con asesinar a sus pueblos originarios?

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Pienso en Lemún, Catrileo, Mendoza Collío, los 30 perdigones de plomo que aún permanecen en el cuerpo de Brandon Hernández Huentecol. ¿Quién gana con todo esto? Quizás satisfacer el deseo sádico de quienes jalan el gatillo, pero en verdad el Estado no cumple ningún objetivo propio con acosar militarmente a las comunidades. Creo que en la coyuntura del asesinato de Catrillanca está pasando piolísima la influencia del poder latifundista y empresarial: Con plata baila el mono, y con harta plata bailan hartos monos enfundados en uniformes de combate. Así, en esta danza de intereses inescrupulosos, el Estado chileno es apenas el salón de eventos al cual nunca tendrán acceso sus peones. Pero de nuevo ¿a mí que me importa?

Me acuerdo de la tremenda movilización que se hizo por un tweet sin arroba, de la ordinariez de la Operación Huracán y las escuchas telefónicas a fiscales y abogadas. Recuerdo también la reciente incorporación del control biométrico en el Transantiago, la retención de megadatos, el lobby que se está haciendo hace rato para que se registren los teléfonos prepagos. ¿Se acuerdan que el nuevo intendente de la Araucanía fue anunciado como experto en ciberseguridad? Siendo la paranoica que soy, me inquieta ese afán de justificar con la protección de computadores y sistemas, intromisiones a las vida de los seres humanos que operan dichos computadores y sistemas: ¿Acaso no hemos comprobado lo suficiente que nuestra versión chilena del Gran Hermano suele ser abusiva y criminal?

Aquí empiezo a empatizar. Según su familia, a Camilo estuvieron apuntándolo durante quizás cuánto tiempo. Y Camilo no es distinto a los chicos que marchan por su educación, a las chiquillas que exigen en la calle respeto a sus cuerpos, a los pescadores de Quintero gritando para que se detenga la contaminación desenfrenada. Veo a Camilo en el rostro de cada humillado por el poder que, cansado, denuncia su situación de indefensión institucionalizada, servil a los bolsillos de un otro. 

Yo no soy mapuche. Si me tomo un par de terremotos admito ser chilena. Pero no necesito sentirme llamada por ninguna bandera para entender los tiempos críticos que vivimos. No hay definiciones a medias en este juego cruel que no hace las distinciones que nosotros hacemos entre nosotros. Primero vinieron por los mapuches, mañana pueden venir por mí. Pasado quizás por ti. Así que yo ya elegí un bando, ¿y tú?

Stella Caffarena

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