Los niños primero

Habiendo tantos motivos este año para poner el grito en el cielo sobre el tema, el único momento en el que me quedé sorda por todos los defensores de la infancia, fue cuando se supo que de acuerdo a la política fronteriza del infame Trump, se estaba secuestrando y separando a menores de edad de sus padres. Para quienes sabemos que allá hay vecinos que conviven hace años con el miedo a salir a comprar el pan o hablar en español en ciertos espacios públicos por la posibilidad de que la autoridad exija ver sus papeles, esta es una vieja canción que se ha puesto más triste con los años.

Pero es positivo, pensaba yo. Es positivo que el mundo se entere de que estas atrocidades pasan en la vida real, amparadas por una institucionalidad inescrupulosa. Me pareció refrescante leer/escuchar la indignación de mis compatriotas con la nueva versión de los campos de concentración para niños allá a miles de kilómetros. Y sin embargo, siempre es más cómodo apoyar luchas a miles de kilómetros en lugar de aquellas que se suscitan en los territorios donde vivimos.

No hablo de nada muy intrincado, o muy lejano de nuestra cotidianeidad. La infancia es una de las prioridades socialmente consensuadas, no hay duda en eso. Nos lo recuerdan todo el tiempo nuestras autoridades con su sonsonete de “los niños primero” y similares. Pero este año en particular pude ver que había más consenso sobre lo inaceptable de realidades lejanas, antes que todo lo que sucede con la infancia en Chile. Sí, son terribles las imágenes de los niños que migran de Estados fallidos como Honduras (nunca escuché a Piñera o cualquier otro personero de gobierno referirse a la crisis humanitaria que la derecha hondureña agravó haciendo fraude electoral), pero acá tenemos nuestra propia adaptación de la Matanza de los Inocentes bíblica, sucediendo justo bajo nuestras narices y ocupando un mínimo de portadas de diarios.

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Me gustaría ver el mismo nivel de rabia e indignación, un repudio generalizado, en crescendo y constante, cuando el Estado chileno abandona a sus niños, y los deja pudrirse con autocomplacencia cínica. Habría querido presenciar también más cuestionamiento a la elaboración del Aula Segura, aquella norma general justificada en casos aislados de la capital, caballito de batalla del populismo penal, que exigía una mayor resistencia argumentativa a la criminalización de nuestros estudiantes en las aulas a lo largo del país. 

Con todo lo que Chile se llena la boca con la priorización de sus hijos, hubiera esperado menos dudas a la hora de dejar la cagá con la contaminación en Quinteros, donde al menos el 56,6% de las víctimas resultaron ser menores de edad. Pero parece que hay selectividad respecto de quiénes son los hijos de Chile, porque no escuché tanto escándalo por las vejaciones que hacen FFEE de niños mapuches, o por la naturalización del uso de armamento de guerra en el mismo lugar donde sólo deberían escucharse juegos y risas.

Parecieran hechos aislados, infancias enlazadas únicamente por el signo de la tragedia, pero la verdad es que a los niños hondureños que mueren tratando de migrar a EEUU y los niños envenenados en Quinteros también los une el ser “daño colateral” de un sistema económico salvaje que tritura vidas en su vertiginoso desarrollo y adaptación a los necesidades del mercado. Las políticas migratorias que separan hijos de sus madres en fronteras lejanas, se justifican bajo los mismos argumentos de la tácita elección macabra que hace el Estado moderno tratando de mitigar los efectos del neoliberalismo devorador, escogiendo a unos por sobre otros, distinguiendo infancias prescindibles de imprescindibles, elección que subyace también en el contexto social de los niños expuestos a degradaciones de toda clase en los actuales callejones sin salida del SENAME.

Nos decimos como país que nuestra imagen republicana en cuanto a la familia es una mesa de té club gigante donde los niños comen y ríen felices, nos encanta repetir en el debate público aquel concepto de “el interés superior del niño” y en general, estamos de acuerdo con esa idea de que son “el futuro de Chile”, pero también acordamos guardar silencio sobre aquellas infancias que jamás se sentarán a la mesa de un Chile que los proteja, que asegure la tranquilidad de sus descansos o la concreción de sus sueños. Ya somos inmunes al espanto que debería embargarnos cuando agarran a balazos a mapuches y un menor de edad se salva por pura suerte (y debe ser protegido de la misma institución que intentó matarlo): esos niños mapuches que esquivan proyectiles hace años, esos niños pobres que azotan su escasa inocencia contra los muros de hogares negligentes, esos niños envenenados en alguna ciudad pequeña que no está registrada en nuestros destinos turísticos, ninguno de ellos nos interesan, no son nuestros hijos.

Tenemos aún algo de sorpresa en el corazón para la terrible realidad de niños extranjeros que salen en el noticiero, ahogándose tratando de cruzar una frontera, pero agotamos nuestro interés por entender la gran fotografía económica, fría y calculadora, que nos dice que ese sufrimiento está más cerca de lo que creemos, que explica que esas infancias quebradas son el sacrificio humano que como sociedad estamos dispuestos a hacer, siempre en silencio. Eso es el 2018 para mí, un año donde salimos del clóset como pro-vidas de cartón, dispuestos a sentir tristeza por todos los niños que lloran en nuestras pantallas de celulares o televisores, pero no por los que nos rodean, por esas infancias que son balizas de emergencia que se apagarán ignoradas a un costado del camino, empujadas a una adultez precoz y precarizada por un país resignado e indiferente que bien en el fondo, no le importan un carajo los niños.

 

 

por Stella Caffarena

Fotografía por Esteban Biba

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