Lecturas en Fuga: Pía Ahumada

Inaugurando esta sección de Fuga de Tinta: Lecturas en Fuga, en la cual publicaremos figuras locales que se dediquen al oficio de escribir, invitamos a la reconocida narradora Pía Ahumada a que nos compartiera una muestra de su trabajo narrativo.

Sobre Pía Ahumada hay bastante que decir. Su  trabajo la hace reconocerse como narradora y encuadernadora. Participante activo desde el 2015 de “Los Viajeros del Mary Celeste”, grupo de narradores de La Serena, se dedica desde 2013 a la encuadernación artística y funcional: talleres de encuadernación, reparación de libros y publicación de autores emergentes en “Taller Editorial Me pego un tiro”. Participa desde el 2017 proyecto Radio Zigma con un podcast dedicado a la literatura, también de nombre “Los Viajeros del Mary Celeste”. Es encargada del proyecto colaborativo de “Fábrica Opalescente” desde 2015, iniciativa que actualmente está dedicada a la difusión de eventos culturales de toda índole en La Serena y Coquimbo.

 

Tenuntiro12

 

Pétricor [Prólogo]

 

 

Joven, tan joven. Fumador y desgraciado. Una y otra, uno y otro. Una mujer que no quiere parir, un muchacho que no ama. Otras bestias que destruyen, otras bestias.

El cielo y todos los objetos que cuelgan en el espacio, monstruos grises rasgan la noche. El humo de mi cuerpo entrelazado con mi sangre. Relámpagos que despiertan los miedos. Las ventanas y el espacio, reflejos tornasolados en las alas de insectos moribundos en las ventanas, en el espacio.

Me despierto en las piernas del amante y puedo oler su cuerpo, tan cerca, tan cerca, dormido, despierto. Vivo en una nueva ciudad vieja, miro un cielo distinto y enciendo un cigarro. Una ciudad vieja y un amante nuevo. El vidrio, la ventana, el espacio. El humo deja una huella cambiante en mi ojo, inevitable durante la madrugada. Tiembla mi mano y se desmorona el mundo. Insectos muertos adornados con encajes y tejidos de caza, tiemblan las patas quebradas, insectos y amantes que descansan frente a la ventana, con los ojos fijos uno en el otro. Mi mano sostiene una mano ajena, aguanta un instante el humo. Continúa a mi lado tocando mi mano, amante quimera. Ambos temblando y está cayendo su cabeza a un lado. El ojo cambiante, el humo. Amante quimera. Un momento, un momento sobre las flores muertas. En la ventana, mientras observo las flores secas que se deshacen en luz y penumbra, sombras breves recortan los pétalos secos, en el reflejo transmutan en animales muertos. Se detiene el ruido, se convierte en ser extinto. No encontré las respuestas, no las hay. Un cigarro, las manos de otro en mi cuerpo, acariciando mi cabeza al comienzo y acabando en mis dedos. Me toma y empuja, me acerca a su cuerpo y se mantiene inquieto, busca mi rostro y, de regreso, muerdo en donde puedo, dejo marcas en su carne. Pasan minutos y se aleja de mí, cubre su torso y decide irse, abre la puerta, camina lento. Pasan minutos y me alejo de la ventana, cubro mi cuerpo y decido ir tras él, abro la puerta, camino lento.

 

 

No comenzaba como había leído, no encontré las respuestas. No hay respuestas, las busqué.

Las moscas tienen por costumbre dar vueltas sobre un eje impalpable, una y otra vez trazando círculos invisibles; escuché un día que si pasas corriendo entre pasillos llenos de moscas aturdidas por el calor, ellas no alcanzarán a esquivarte, las sentirás chocar contra tu rostro, quizás arrastrarás alguna con tu ropa, las sacarás de su vía inmaterial; las moscas acabarán con todos nosotros.

Y luego de las moscas, después de la falta de respuestas, camino en horas que los semáforos no son necesarios; cruzo por todos los lugares, sin mirar. Somos las moscas que continúan sin importar lo que rige el orden del mundo. Cuando tropiezas de frente con un cuerpo invisible, te preguntas –un pendiente más– si lo que hay adelante es tan grande que tú, pequeño, indefenso y aterrorizado, eres ciego a este ser; el pensamiento cruza mi cabeza por un segundo, no lo relaciono con cientos de moscas volar siendo atropelladas por mí. Un recuerdo. Cientos de insectos. No son moscas. Negro y naranja, son mariposas.

 

 

Estar de pie al borde, mantenerse de pie al borde, mirar abajo y al borde. El reflejo del agua y las lluvias escapando, el rigor de una decisión que hemos adquirido juntos. Mantiene mi mano atada al mundo, anclada en él. No es la primera vez, pero será de las últimas; quizás no aquí, no ahora. En cualquier momento mientras mantenga mi mano en la suya.

El poste siempre se sentirá frío, el agua debajo le confiere humedad constante. Me ha pasado, de pie en alto y erguido, todo lo que permite mi cuerpo. El viento es más fuerte en este punto, nada debajo ni a los lados. Viento que trae a mi nariz el olor del agua. Peces que cortan el reflejo en el fondo, surcos que abren el agua en dos segmentos distorsionados por la noche. Los dedos apenas tocando el poste, apenas sintiendo el frío, la otra mano caliente, encerrada en otra mano que se sostiene a sí misma, observando por horas el borde. Nuestras sombras no alcanzan a proyectarse en la calle, las luces son tenues y los focos de los postes siempre permanecerán estropeados. Me ayuda a bajar, me sostiene y me apresa entre sus brazos, estoy llorando y en mis recuerdos siempre hay mariposas.

 

 

Siento miedo, estoy solo en un estacionamiento y nadie más camina por las noches. Alcanzo a observar las siluetas fijas y negras de los cerros por la noche, oscuridad en el desierto, frío; formas recortadas contra la nada, contra todo el resto del universo. Siento miedo, decido correr a casa, en cada pisada salpican mariposas; negro y naranja, gotas extrañas, aladas que vuelven al suelo. Esperan, esperan, juntan las alas por encima del torso. Vuelan y vuelven a mi paso cientos de mariposas.

Mi cuerpo queda detenido contra otro cuerpo, un muchacho que oculta su rostro, su cuerpo tiene el olor de un animal. Siento miedo, sus manos me empujan, su cuerpo no se mueve. Pierdo algo, me pierdo en ese cuerpo y contra el suelo. Caigo de espalda y me asquea pensar que he aplastado a los insectos, él huele como una mariposa.

Veo mariposas, vuelan del suelo al cuerpo del muchacho sin rostro, de regreso cayendo, de vuelta marchándose. Las alas en comunión sobre mi pierna, mi brazo, mi mano, cuello. Rezan entretanto se mueven, veo que las patas palpan encima de mi pecho, tan cerca, tan cerca, otra bestia en mi cuerpo. Una lágrima espanta a las mariposas, gotas que caen de su rostro al mío y se quedan en mi boca. No puedo evitar beberlas, siento sed y mi garganta permite que bajen, que se conviertan en parte de mí; toma un respiro, se queda inmóvil, ya no es necesario que imagine mariposas.

Mariposas. Perros muertos. El frío del desierto en mis piernas, a medio consumir por el caos. Frío. Intento cubrirme, no puedo cerrar la mano, no puedo sujetar nada; las mariposas se han ido con él. Con los ojos cerrados alcanzo a percibir un destello sobre mí, la luz de un rayo, jamás escuché el trueno, no volví a ver mariposas. Mi cabeza cae a un lado, busco con la mirada, apenas puedo mantener los ojos abiertos. Se ha ido, con él se han marchado las mariposas. Siento olores nuevos, siento que todo se ha volcado sobre sí, soy el punto de quiebre de todas las cosas que alcanzo a ver, el único que ha quedado tirado en la calle, oculto del resto, cerca del suelo.

De pie en medio de la noche, solo. A unos metros de un hogar, de una casa, de Madre. Luz en el cielo, luz blanca de relámpagos imposibles. Sin ruido.

Golpeo la puerta, se desgarran mis nudillos por el miedo y la insistencia. El miedo, el miedo. Madre abre la puerta, Madre abre la puerta mucho después. Tengo las manos destrozadas y no fueron provocados por los golpes en la puerta, fue en la noche, después de las mariposas. Limpio cada herida, las que Madre puede ver y las que no. Siento ganas de llorar. Cierro los ojos y no puedo contener lo que hay dentro de mí; mariposas y perros muertos. Triste, tan triste. Joven, demasiado joven. Abandonado. Mi cuerpo no es el mismo, debo esconder mis ojos. Mi olor se parece al del muchacho, siento en mi nariz el olor de las mariposas. Abandonado, desgraciado. Joven, demasiado joven. Puedo sentir las mariposas. Todo el interior muerto, perros muertos, su carne podrida en mi cuerpo. Mariposas en telas defectuosas, capullos envueltos en la noche. Mariposas, perros muertos.

 

En algunos años me iré del lugar, viviré en una ciudad vieja, miraré un cielo distinto y fumaré. Una ciudad nueva, un amante quimera. El humo deja una huella cambiante en mi ojo. El vidrio, el espacio. Insectos muertos en el suelo, bajo la ventana. En Hogar la ventana es grande y los bordes son de madera. Hay plantas que no puedo nombrar, maceteros de color café y tierra que permanece húmeda. Flores que crecen orientadas al exterior, buscando el sol más allá del reflejo. Las flores acaban muertas en el suelo, las moscas también. Dos, cinco o más tazas abandonadas; sobre la mesa, sobre el piso, en el patio.

Y una taza con té, servida. Una taza con agua caliente, sin un plato debajo, sin una cucharita que la acompañe. Una pluma sobre un montón de papel, la tinta se escurre manchándolo todo. El cielo es gris.

 

Y una taza con té, servida. Papeles manchados con tinta negra. Algunas cartas sobre la mesa, amarradas con cintas de colores, ordenadas cronológicamente.  El cielo es gris, a través de las ventanas el cielo continúa del mismo color; van seis o veinte noches iguales. Te bebes lo que hay frente a ti, ignoras que el líquido está muy caliente. Te quemas la boca. Recuerda, recuerda siempre amante quimera: me esperaba y no, se esperaba y no, cada semana y no. La paciencia debe ser primordial, nada se acelera y no se atropella, no sacas nada y nada vale. La noche del último día, las últimas horas del último día. En vísperas de un año distinto, cuando todos esperaban el comienzo de una nueva década, comenzaba en ambos un ciclo nocturno que duraría muchos años.

Pasamos sumido en absurdas alucinaciones durante meses, todo parecía simulado, las cosas importantes perdieron volumen, la realidad se reproducía con patrones incorrectos. No logramos vencer el estado paranoide y nos sumimos en el vacío, un estado de perpetua tristeza. Dejé de dormir, comer, sonreír, asearme; el amante quimera jamás soltó mi mano, en ambos la débil costumbre de vivir se hizo imposible de sostener.

Acaba un año de revueltas, comienzan otros tiempos en que todo se transforma; todo es absurdo y no creo en nada de esto.

Estoy recostado sobre el techo de un vehículo, comienzan a dispararse luces en el cielo, imagino que veo misiles en lugar de estrellas fugaces; hay algo más impresionante que las estelas brumosas de las armas y lo imposible del hielo cruzando el universo. Fumo y miro arriba en medio de un desierto terriblemente hostil. Dos ciudades unidas por dos caminos se alzan, una al norte y otra al sur. Cientos de automóviles están aquí detenidos, dando la bienvenida a otro año, el principio de una nueva década. En medio de un desierto, entre dos caminos que no se cruzan, dos que conectan una ciudad y un campamento minero. Las luces de los poblados no pueden iluminarlo todo, a poco de tomar la ruta que conecta ambos, la oscuridad sólo se acaba cuando miras las estrellas por sobre los cerros negros. Horas antes de las doce de la noche, el último día del año, las familias de ambos lugares se reúnen entre los dos caminos, estacionan sus vehículos orientándolos al occidente. En los primeros segundos del nuevo año, comienzan a dispararse luces en el cielo, estoy recostado sobre el techo de un vehículo, cientos de personas también observan. Las estrellas se expanden en color y sonido sobre nuestras cabezas, dando la bienvenida a otro año, el principio de una nueva década.

 

Y una taza con té, servida. Una mosca sobre la mesa, agitando las alas, temblando. Mueves la mano derecha como un abanico, los dedos extendidos. La mosca vuela. Se une a otras moscas que vuelan alrededor de la ampolleta, en círculos, en el centro de la habitación. Acerco la taza con té a mi boca. Miro tu rostro difuminado por el vapor que se desprende de la taza. No había visto jamás tus ojos.

 

Y una taza con té, servida sobre la mesa. Al sentarme una taza con café, servida y humeante está a mis pies, quizás esperándome o advirtiéndome que no me encuentro en donde creo, no he interrumpido el paseo concéntrico de las moscas, no he cruzado sin mirar la calle y no estoy sentado.

 

Una taza con té y las moscas han muerto bajo la ventana, se han golpeado contra el vidrio durante toda la noche. Estamos sentados sobre un sillón. Tu taza está lejos, la mía cerca de mis pies; se enfría el contenido. Me has tomado la mano, al sentir tus dedos, he quitado la mía. He mirado a la ventana. Nos he negado un momento de amor.

 

3 Comentarios

Deja un comentario