Lecturas en Fuga: Enzo Cabrera

En esta nueva entrega de Lecturas en Fuga, sección en la cual publicamos figuras locales que se dediquen al oficio de escribir, invitamos al escritor Enzo Cabrera para que nos compartiera una muestra de su trabajo narrativo.

Enzo Cabrera, nacido en el puerto de Coquimbo, escribe de vez en cuando desde que tiene memoria (empezó a tener memoria muy tarde en su vida) y fue escritor de clóset hasta su ingreso a los Viajeros del Mary Celeste, espacio donde salió del clóset por una breve temporada, realizando destacadas lecturas performáticas durante ese período. Actualmente ha vuelto a esconderse.

 

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Pulpo

 

La observé en su desnudez. Ahí, quieta y de pie, creando un contraste con la oscuridad absoluta que había tras su cuerpo. Sus labios desbordaban un deseo incontenible, y parecía que el brillo en sus ojos era el único ápice de movimiento en aquella escena. Fue entonces cuando, de la misma forma inesperada en que aquella silueta se hacía visible, una mano surgió de la tiniebla; comenzó a acariciar su cuello con delicadeza, rozando su piel como si una capa impenetrable la obligara a mantener la distancia adecuada. Pero una segunda mano no fue tan gentil; no buscaba enamorarla. Buscaba tomar lo que era suyo. Conquistarlo, aprisionarlo. Posó sus dedos sobre el cuello y presionó fuerte, buscando el daño que no daña; el dolor que no duele. Y ahí apareció la tercera y cuarta mano, cada una apoyando los bandos ya formados: una acaricia, la otra presiona, y la quinta mano, nerviosa, entra ahora en escena, pero no se decide. La sexta y la séptima comienzan a recorrer los lugares que no habían sido profanados por la exaltada tormenta. Se hunden en su cintura y en sus piernas. La octava mano, tira. La novena, rasguña. Una brillante hebra roja que nace desde el muslo. Ella gime. Se retuerce. Se hace parte de la ferocidad del baile, mientras incontables manos llegan a admirarla. Es ella la reina, la protagonista. La estrella que titila en lo alto de las sombras.

Por mi parte, aun no puedo elegir dónde fijar mi vista: en sus ojos descansando en los míos; en su carne arañándose con el pasar de decenas de garras; en el recorrido incierto de las manos inquietas, o en sus labios mordidos y abiertos. Labios que abren paso a un grito repentino, mientras ella desaparece entre los lascivos tentáculos del monstruo, que deambulan por su figura.

           —¿Te gusta el pulpo? —le pregunto, torpemente, en un intento efusivo de romper la fantasía. Ya no hay manos que la aprisionen. El brillo de placer en sus pupilas es reemplazado por el reflejo de las pocas luces de la calle, pero aquellas largas y numerosas extremidades pareciesen seguir manifestándose sobre su silueta.

             —¿El pulpo?, ¿a qué viene esa pregunta?

             —No lo sé. ¿Te gusta?

Mi mano sudaba un poco, pero la impaciencia de la noche no me dejaba admitir ni un atisbo de nervio. Llevábamos unos veinte minutos en los que ella me llevaba casi a rastras, avanzando a grandes zancadas en el asfalto húmedo. La recuerdo moverse con agilidad sobre altos tacones negros, haciéndolos resonar a cada paso apresurado, en la misma frecuencia que mis pensamientos se tornaban oscuros y distantes. Recuerdo a su lengua inquieta desgastando el labial de un rojo sangre, como el comienzo de un desnudo sumergido en la sutileza de sus actos; como una invitación a lo que restaba de aquella noche brillante.

Hace menos de media hora, nos encontrábamos en un bar en pleno centro de la ciudad. Mientras ella tomaba su tercera copa de vino, yo rellené con cerveza mi vaso tantas veces que perdí la cuenta. Intentaba no dejar en evidencia la creciente torpeza en mis movimientos, limitándome solo a mirar el lugar: una lúgubre luz azulada dejaba apreciar las paredes cubiertas de coloridos trazos abstractos, y las mesas de madera sólida, que se encontraban, esta noche en particular, atiborradas de gente. Decenas de cabezas se movían al ritmo de la música, o se acercaban entre ellas, esquivando las botellas de cerveza, para mantener agitadas conversaciones. Desde hace varios minutos, mi vista siguió el carril de un interminable ciclo: observar un rato el lugar, el contenido del vaso cuando lo acercaba para beber y, entre vistazos fulminantes, verla a ella. Sus ojos apuntaban hacia mí, a veces a mis ojos, a mi boca, pero parecía que mirara a través de mi cuerpo. Algún punto interesante debió haber encontrado para posar su vista en él. Quizás detrás de mí, o quizás adentro.

Nunca hemos sido mucho de conversar, y, quizás de una manera inconsciente, siempre quedábamos de juntarnos en aquellos lugares donde los ruidos eran demasiado fuertes, o donde se requería mantener la boca cerrada. En estos seis meses que llevaba de conocer a Eva, ya habíamos visto todas las nuevas películas en la cartelera del cine, y asistimos a numerosas fiestas y recitales de música, donde las breves críticas de los espectáculos forcejeaban por llenar el silencio en el recorrido al siguiente destino. Mis sospechas sobre la preferencia por este tipo de panoramas se acrecentaron cuando me pidió que la acompañara al velorio de su tía, donde, tomados de la mano, no hicimos más que sonreír tímidamente por la compañía del otro. De esta forma, jamás nos adjudicábamos la culpa de los silencios eternos, nuestras escasas conversaciones, y el nulo conocimiento que teníamos sobre el otro.

Hace un momento, mientras bebíamos, nuestro comportamiento no fue distinto, pero la presencia del final de la noche proponía un ambiente diferente. Eva parecía acalorada. Su tez blanca tomaba color en sus mejillas, mientras que sus pequeños ojos verdes parecían recubiertos por un cristal que reflejaba toda la pasión escondida en las penumbras.

             —Debe ser por el vino —me respondía, sin prestarle atención, cada vez que le comentaba estos pequeños cambios en su rostro.

Pasé varios minutos observándola menear la cabeza al ritmo de la fuerte música del bar, mientras llevaba constantemente la copa de vidrio a sus labios y cerraba los ojos al momento de tragar el líquido. Mirar a Eva no era como contemplar a otras personas con las que había salido antes. No pertenecíamos al mismo mundo. Mientras que los demás se preocupaban, al igual que yo, de que existiera un entretenimiento mutuo, o de dar a conocer sus diferentes cualidades o experiencias, Eva se hacía admirar como si existiese una cortina que separaba dos dimensiones incompatibles. Me hacía sentir como si la estuviera observando en la comodidad de mi hogar, a través de la pantalla del televisor, desplazándose por la alfombra roja de alguna lujosa ceremonia de Hollywood.

Esa era Eva. La misma Eva que tuvo una idea para esta noche, que mantenía mi mente ocupada fantaseando con extremidades como tentáculos sobre su idóneo cuerpo, mientras ella parecía tener la tranquilidad de una pintura de un pueblo perdido en las montañas. Jamás le pregunté si estaba nerviosa, dudando de aquel caparazón de exagerada confianza.  Tampoco se me ocurrió preguntarle si era la primera vez que lo hacía. Solo me dediqué a contemplarla en su mundo, mientras recordaba mis antiguas experiencias como un automóvil avanzando en una carretera en el desierto. En cambio, hace seis meses, Eva me amarró a una montaña rusa, presionó el botón de “avanzar” sin preguntarme, y lanzó algunos fuegos artificiales para celebrar el viaje.

Salimos del lugar luego de su quinta copa de vino. Me tomé, de un largo trago, toda la cerveza que quedaba en mi vaso, mientras ella se ponía un abrigo negro y se sacaba la pinza para el pelo que había llevado puesta toda la noche, dando a relucir su brillante melena castaña. Nos encontramos fuera. La música fue reemplazada por voces animadas, gritos, ruidos de automóviles, y todos los sonidos que acompañan una animada noche de sábado. Eva me tomó de la mano y sentí ineptitud de mis movimientos. Mientras los incandescentes carteles de grandes tiendas fueron reemplazados por una penumbra cada vez más densa, la imagen se tornaba difusa y endeble. Y de pronto, estaba ahí. La fantasía del final de la noche. Ver aquellos tentáculos hacen sentir que todos mis órganos se anudaron en mi interior. Dedos y manos. Aprietan y rasguñan. Labios mordidos. Interrupciones ridículas, como, por ejemplo, preguntarle de manera estúpida si le gusta el pulpo.

            —¿El pulpo como mascota o comida? —me pregunta. En su cara, una sonrisa leve; una ceja levantada. Los ojos entreabiertos. ¿Qué otra cosa podía esperar de Eva?

No sé qué responderle. Hace unos veinte minutos, las avenidas se habían transformado en callejones reinados por el silencio. No hay ruidos que me salven ahora.

            —Como sea. El pulpo en general —le dije.

            —Pero es distinto tenerlo como mascota o como comida —me respondió.

            —Solo imagina un pulpo.

            —¿En qué lugar?

            —¿Cómo “en qué lugar”?

            —En qué lugar: ¿en un acuario o en una olla?

            —Da igual. Lo pregunté sin pensar.

            —No entiendo por qué te complicas tanto.

            —Yo no lo compliqué. Solo hablé de un pulpo. Es sencillo.  

            —Es cautivador pensar en un pulpo —dijo Eva, de pronto. Noté un poco de angustia en sus palabras. —Una vez leí que son inteligentes y tienen tres corazones. ¿Te imaginas cómo deben sentir el amor? Si nosotros tenemos solo un corazón y amamos tanto.

Silencio.

Recordé por qué no solíamos hablar mucho. Recordé la paz que se siente observar sus ojos verdes, su piel blanca, las pequeñas pecas que se asoman los días de sol, y sus labios delgados. Delgados y cerrados. Quizás sus palabras nunca fueron tan importantes. Quizás me encantó por la vista y no por la escucha. Quizás siempre lo supe, y por eso acepté su propuesta. Quizás Eva fue mi sombra y yo la de ella en aquellos momentos en que la soledad no era bienvenida. Tal vez fuimos aquel comodín que se busca cuando hay noches tristes o fiestas escandalosas. Cuando se necesitan pañuelos que no hablen ni regañen. Cuando solo necesitas el calor de un cuerpo pegado a tu hombro cuando vas sentado en un bus directo a la nada. Quizás encontró, en mí, a un compañero de fantasías despiadadas. Quizás no esperaba tener que explicarle que el corazón solo es un órgano y el amor es una serie de reacciones neuroquímicas en el cerebro.

Pero quizás está bien. Por esta noche lo está.

Las luces se transformaron en sombras. Las preocupaciones en sonrisas ansiosas que rozaban el placer de lo extraño, lo irreconocible y lo reconfortante. Nuestras manos se mantuvieron unidas, entrelazadas sin cuestionamiento, mientras nos fuimos adentrando en calles escondidas y maltrechas. Habían pasado algunas cuadras desde que dejé de reconocer la zona. Me convertí en un punto perdido en el mapa, en un animal siguiendo el fuerte rastro de una fragancia hipnotizante. Solo sus pasos y los míos retumban; chocan contra las sucias paredes de ladrillos y se devuelven hacia nosotros, aplastándonos en el único estruendo del camino perdido. Soy un marino siguiendo la estrella polar, oculta bajo un abrigo negro y un labial rojo sangre.

Sus pasos se detuvieron frente a una desgastada puerta roja, camuflada en una pared del mismo color, casi como queriendo ocultarse del paisaje. Solo los ojos perversos y curiosos encontraban un umbral en la muralla sólida.

Eva golpeó la puerta y tomó mi mano con fuerza. Su nerviosismo al fin se expresó, en forma de temblores, en sus dedos, pero, para mí, la noche está cada vez más clara. Imaginé decenas de dedos hundiéndose en su cuello, su cintura y sus pechos. Las uñas rasgando sus piernas. Observé el viscoso ir y venir de aquellas extremidades. Comprendí que no soy más que otro tentáculo en el mundo de Eva. Soy parte del monstruo que solo la quiere ver hundida en el placer, y no en el llanto ni en el odio.

La puerta secreta se abrió de par en par. Una luz tenue alumbró un piso polvoriento. Decenas de caras opacas habitan la sala. Cientos de dedos golpean al ritmo de la impaciencia. Ahí estaba Eva y el pulpo. Eva y el goce. Eva y el placer de sentir al monstruo dentro y fuera de su cuerpo sediento. Eva y el conocimiento de que habían más de tres corazones en la habitación y, aun así, ninguno de ellos era capaz de sentir lo que se conoce como amor.

Eva se deslizó en la penumbra, y, luego del cierre de su vestido, el de mi pantalón fue el siguiente en abrirse.

 

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