Las Semillas del butoh se esparcen por la región de Coquimbo

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Podría contar la clásica historia de cómo surge la danza butoh en el Japón de la posguerra, pero creo que es más relevante entregar algunas pistas acerca de la experiencia de practicarla. Mis palabras no pretenden en ningún caso ser exhaustivas y no reemplazarán la vivencia, que al contrario de lo que podría parecer estuvo al alcance de las personas con alguna experiencia corporal de la región de Coquimbo gracias al proyecto de formación y apreciación escénica del Colectivo Escénico Zona de Obras.

No es primer proyecto financiado por el fondart regional que la coreógrafa Sandra Acevedo lleva a cabo en la ciudad desde su llegada el año 2007, entregando una formación coreográfica para los aspirantes a artistas escénicos de la región de forma gratuita. Tampoco es primera vez que se invita a Natalia Cuéllar, actriz y directora del Festival Internacional de Butoh que hace cinco años se desarrolla a lo largo de distintas ciudades del país.

No obstante, el lenguaje del butoh puede resultar bastante elusivo para cualquier artista escénico, y sólo su práctica permite a cada aficionado encontrar su particular manera de moverse. Vivimos en una realidad llena de formas preestablecidas, y si bien las formas del butoh pueden llegar a ser muy precisas. Se trata, parafraseando al cineasta Raúl Ruiz de aeropuertos desde los cuales despegan aviones hacia múltiples sitios a la vez. Cada practicante lleva a cabo su propio proceso de exploración coreográfica a través de ejercicios que llevan a sitios inexplorados, a movimientos que son expresión pura del subconsciente y que sin embargo exigen una conciencia, una presencia activa.

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A lo largo de su taller Natalia propone distintas posibilidades de exploración corporal y va entregando algunas indicaciones. Las personas que trabajan en La Casa de la Cultura de Coquimbo y en el Centro Cultural Palace y transitan por los espacios donde se realiza el taller observan curiosas las múltiples formas que parecen una paleta de acciones catárticas y movimientos desarticulados tal como aquellos más informados han visto videos de estos zombies pintados de blanco que convulsionan en escena  y que los practicantes intentan imitar hasta que en algún momento entienden que el butoh no se trata de cómo se ve el movimiento, sino de aquello que ocurre cuando adquirimos conciencia de movernos. Muchas veces el agotamiento se transforma en la llave que hace posible que aquella conciencia surja.

Cada participante va descubriendo alguna pista, algunos más, otros menos, pero la nivelación no es importante, lo importante acá es emprender el viaje mediante el cual adquirimos conciencia y la memoria que nos permite escenificarlo, presentarlo en un escenario y compartir con el público una sensación, una metáfora retratada a través del cuerpo.

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Utilizando técnicas que pueden resultar familiares para aquellos practicantes de artes marciales, repitiendo una y otra vez ejercicios que pueden parecer mecánicos hasta que establecemos un vínculo con la conciencia y los llenamos de imágenes poéticas por las cuales cada intérprete va transitando en caprichosa sucesión, van apareciendo las singularidades de cada cuerpo que enriquecen el espacio circundante y provocan ecos en los espectadores de cada presentación. No hay más discurso que aquello que ocurre en escena y los elementos que ayudan a connotar: la música, el silencio, la iluminación o su ausencia. Las posibilidades, por cierto, son infinitas: o descubres algún secreto o la frustración que te invade al no sentirte capaz de repetir las premisas, pero tarde o temprano algo terminarás descubriendo, o algún espectador casual lo descubrirá por ti.

Es lo más aproximado que puedo escribir acerca del butoh y un taller, corriendo el riesgo de desentrañar algún misterio. Preferiría no hacerlo, porque no es algo que me corresponda a mi ni a nadie más que a quien se sienta llamado a vivenciarlo. El butoh y las artes escénicas contemporáneas aspiran a explicarse por sí solas, y los textos que las acompañan muchas veces pueden resultar crípticos y sin sentido. Los chinos hablan del yin y el yang, lo oscuro y lo luminoso. La oscuridad del butoh no radica, al contrario de lo que podría suponerse, en la apariencia aterradora de algunos performers y la crudeza de las temáticas que a veces toca. No se explica, pero indudablemente se ha transmitido y diseminado a lo largo del mundo aún dentro de círculos relativamente pequeños, y de alguna manera se las ha arreglado para abrirse paso dentro de estos confines australes, y estas ciudades pequeñas donde el arte parece una excentricidad reservada para unos pocos, y aún así se sigue formando a nuevas generaciones.

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