Cómo vemos lo que vemos – reflexiones sobre la creación escénica en la periferia

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Como la realidad misma, las artes escénicas están llenas de paradojas, de preguntas recurrentes que aparecen una y otra vez exigiendo ser respondidas sin que exista jamás una respuesta tajante e incuestionable. En lo personal me inclino por establecer que lo único que se puede concluir a ciencia cierta es la relevancia de la pregunta, y que hay que tener cuidado en lo tajantes que somos a la hora de responderla.

En esta oportunidad, me voy a referir a la importancia de la formación previa a la hora de participar de un espectáculo escénico, algo que la mayoría del público por diferentes motivos no posee. En los lugares más urbanos, más cercanos al centro, existe un público formado y exigente que asegura una convocatoria mínima a la hora de presentar un espectáculo escénico y una retroalimentación respecto a cada trabajo; en la periferia presentar una obra resulta casi un apostolado que la mayoría de las veces se realiza ante una escasísima convocatoria o ante una que no presenta la necesidad ni el interés de asistir a un espectáculo sino que simplemente se encuentra frente a ésta en un espacio público en medio de un paseo por el centro o porque alguna amistad la invitó.

Lo anterior deviene en condiciones que influyen en el desarrollo de una propuesta escénica cualquiera. Si el público es exigente frente a lo que ve los actores, bailarines, dramaturgos y directores tenderán a esmerarse en investigar, en preocuparse de cada detalle de aquello que presentan. Si el público es apático, escaso o inexistente, primará la ley del mínimo esfuerzo. En el Chile de hoy, lamentablemente, suele primar la segunda de estas condiciones y a lo largo del país nos encontramos con un montón de propuestas en cartelera pobres en investigación y profundización que apelan a temáticas de actualidad, o lisa y llanamente a las categorías priorizadas por las instituciones que financian las producciones culturales de vanguardia. Esto es producto de recurrentes conversaciones y discusiones entre los creadores e intérpretes, generando una constante competencia entre producciones de carácter complaciente y efectista, y aquellas que cuentan con un trabajo de investigación y producción más minucioso. Por supuesto entre ambas polaridades hay un amplio espectro de creaciones cuyas variables se balancean entre un polo y otro como equilibristas en una cuerda floja entre dos puntos sin una malla de protección abajo que los proteja si por algún motivo caen.

Por supuesto, la profundización no garantiza impacto, ni calidad, tampoco el efectismo y la complacencia la ausencia de ésta. Existen grandes obras complacientes y efectistas y menudos fiascos derivados de investigaciones profundas y concienzudas. Ya que existe un vacío importante en cuanto a formación de audiencias y más importante aún, una desconexión tremenda frente a la importancia del arte a la hora del construir y articular identidades, tanto individuales como colectivas, el espectador a fin de cuentas suele ser alguien que simplemente recibe lo que se le muestra y reacciona de alguna forma experimentando asombro o mera indiferencia. Esto no tiene que ser necesariamente algo malo, muchas veces personas sin formación ofrecen tremendas retroalimentaciones de aquello que ven, cumpliendo con aquella premisa que Oscar Wilde reflejó de manera brillante en su ensayo “El Crítico como artista” donde quien critica se convierte en una especie de co creador, entregando sus categorías perceptuales a aquel hecho escénico en el cual participó. Muchas veces también la formación tiende a guiar nuestra percepción hacia ciertos parámetros prefigurados y esquemáticos, y puede llegar a arrebatarnos la capacidad de asombro, como bien refleja la caricatura arquetípica del crítico inconmovible que a menudo es un artista frustrado.

A fin de cuentas, lo que no cambia es que todo hecho escénico constituye un riesgo a la hora de ser socializado, y que cada sociedad determinará sus prioridades en cuanto a qué temáticas o géneros prefiere por sobre otros. Cada creador elige si se somete a estos parámetros o intenta subvertirlos, pero a fin de cuentas, estamos todos más o menos en la misma tarea: despertar aquello que en estos tiempos industrializados y programados suele estar dormido, o en el peor de los casos, en un coma profundo.

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