Cine: “Mala Junta” de Claudia Huaiquimilla

Hace unas tres semanas atrás, en el congreso se debatia respecto de la Ley integral de protección a la infancia, donde la derecha junto a la Democracia Cristiana, lograron eliminar del texto legislativo el principio de autonomía progresiva que reconoce que niños y niñas requieren un entorno claro y seguro que permita gradualmente abriendo espacios a la libertad y autonomía que vayan definiendo su identidad. Eso, les parecio amenazante: libertad y autonomia progresiva

Todo esto, levantando los clásicos fantasmas de un Estado que extiende su garras para arrancarlos de los valores tradicionales de sus familias y así disponerlos a ser ideologizados.

Mala Junta, la película de Claudia Huaiquimilla, subvierte rapidamente esta falacia y la pone en un orden distinto desde la perspectiva de dos adolescentes de clases sociales subalternas, pero que han crecido en contextos distintos: Cheo, mapuche, en medio de la violencia contra su pueblo; y Tano, expulsado de un contexto de marginalidad urbana. Ambos saben muy bien lo duro que ha sido vivir un poco más de una década.

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El Estado aparece  representado desde personajes que ofrecen asistencia, con rostro amable pero desesperanzado, o que directamente ofrecen balas y violencia, siempre buscando controlarlos, invisibilizarlos. Lejos quedan los mitos de los conservadores.

Ese lugar en común de los dos adolescentes no aparece con facilidad, se toma su tiempo, mostrándonos diálogos llenos de significados mediante actuaciones que capturan, acercándose de a poco a un mundo adulto, el de los padres y la familia, llenos de miedos y culpas, sobre lo que hicieron, lo que no hicieron y el futuro.

La violencia es un telón de fondo, que aparece tanto en recuerdos como en el contexto inmediato del conflicto mapuche. Niños y niñas que , tal como señala uno de sus protagonistas, han tenido que renunciar a su derecho a llorar y a patalear, para aguantar los golpes inevitables por la diferencia de fuerzas, en un silencio insolente, donde la choreza es tanto renuncia y pérdida de inocencia como método de sobrevivencia.

Pero hay otro telón de fondo: la amistad, el apañe; el cual tal vez no logre ni redención ni finales felices. En este caso, la directora hace muy bien en escapar de lecciones morales, pero entrega algunas luces en una historia que deja los suficientes cabos sueltos para incomodar al espectador      y a la    imagen oficial de la infancia en nuestro país.

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